¿Quien me vende algo tan simple?

Quiero beber, esta noche,
niños muertos
con sombrero de fieltro negro,
arrugados,
extirpados de sus madres
para tocar al piano un tango,
una falseta,
una copla,
una copa de vino triste entre mis brazos.
Quiero el ritmo de tus pasos
en mis venas,
el swing de un bemol acertado
le nacarado sabor de tu lamento,
la ajustada eficacia de tu diafragma.
Déjame.
Déjame que te toque.
Déjame,
que esta noche,
oscura noche,
negra y fria noche,
los vecinos se despierten con tu estruendo.
Martín Muro. "Un idiota"


     Son las 7:45 de la mañana de un martes 6 de enero de 2009, hay una botella de Jameson robada y medio vacía encima de la mesa, un cenicero atestado y un gato durmiendo como si en 2012 el mundo no fuese a llegar a su fin. Acabo de terminar de ver Changeling, la nueva película dirigida por el señor Eastwood; y buceo en Internet en busca de armas letales contra el insomnio. Lo de antes nunca fue ni será un gran acontecimiento, tal vez ni tan siquiera una poesía, pero realmente deseo, y no sé por qué no lo llevo a cabo, despertar a los vecinos destrozando un órgano eléctrico cuya función -de momento- es simplemente decorativa. Por cierto, para quien no sepa en que consiste el ritmo, una clase detallada. Miren, miren...



No importa lo que sabes sino lo que puedes demostrar

     ¿Bailas?-. Un amigo venezolano me dijo que el hombre bailando merengue o salsa no ha de mover la cintura. Fue escuchar esa petición y no me sacaba esa frase de la cabeza. Quería bailar con Claudia pero ---- no quería. Soy un zopenco bailando y seguro que la pisaba y ella, si en algún momento había sentido algo por mí, dejaría en ese mismo instante de hacerlo. ¿Bailas?. No sé bailar -le dije-. ¡Vamos! Da igual. Así nos reímos un rato. Será hija de puta. ¿Quiere que todos se rían de mí mientras bailamos?. Pegué un trago de cerveza y miré la pista de baile, la miré a ella. Llevaba un vestido rojo con un escote disimulado y me había fijado cuando fue a coger el encendedor de su bolso que llevaba medias de encaje. Me ponía cachondo. La miraba mientras ella me tendía la mano y hacía gestos con la cabeza señalándome la pista de baile. Todos bailaban y reían. La Dj había puesto Pedro Navaja a sonar y el ambiente estaba caldeado. Claudia alzó el cubata mirando a Luci, la Dj; las dos sonreían. Le cogí la mano y me levanté. No muevas la cintura. Nos dirigimos a la pista de baile. Yo sentía como si los zapatos me quedasen grandes y no pudiera mover las piernas bien. Miraba a todo el mundo con la sensación de que cuando empezara a bailar todos iban a desternillarse de mi movimiento. Lo importante no es lo que sepas sino lo que eres capaz de demostrar ---ejem---Yo mismo me rebatía.---Ok. La mano encima de la cintura. Pégala mucho a tí. La mano en la cadera, a la altura del coxis y escucha los bajos. Los Bajos. La hice esperar un segundo. Fui a la barra y me pedí un tiro doble de tequila. Apagué un cigarrillo y la volví a mirar.  De la cintura, coxis, bajos, bajos pum pum pum pum..... Me acerqué a ella como si fuera cualquier actor de reparto de Saturday Night's Fever. La cogí y empezamos a bailar. Me temblaban las piernas. Ella se reía. Se reía mucho. Fui a la barra otra vez. ¡Otro tiro doble, por favor! El alcohol ya me hacía dudar el motivo por el cual la gente reía. Ella y yo bailábamos. Noté como la pierna me temblaba de nuevo. ¡Dios! Me está dando un ataque. Puse mi mano derecha en el muslo como si pudiese controlar así el tembleque. Mierda. Era el móvil. Pedí disculpas a Claudia y descolgué. ¿Hola? Ricardo, ¿qué tal?. ¿Solucionaste ya eso, o no? Joder, mi padre. No. Aún no. Estoy ocupado ahora. Mañana hablamos. Siempre igual, ¿eh? Tú y tu rutina de la que te reías y ahora resulta que no tienes tiempo nunca para nadie. Adios padre, perdona, no te escucho, estoy en medio de un maremágnum. Colgué. Tiré el móvil; no se dónde pero supongo que alguien se cagaría en mi puta madre.
     Cuando regresé estaban dando las luces. Todos buscaban sus abrigos y comenzaba el recital de despedidas. Esperé con otro tequila. Veía nublado y la barra era un estupendo soporte donde mantenerse erguido. Vino el Gordo a decirme que íbamos al Fiz Aveniu. También estaba borracho. Había estado bebiendo gintonics toda la noche y fumando canutos en la esquina de la barra y charlando con un tipo muy extraño. El garito donde decía que íbamos quedaba realmente cerca. Era un lugar hogareño, con fotos de jazz y cine clásico colgadas por todos lados. Tenía varios pianos antiguos -todos estropeados excepto uno- y un gran surtido de muebles y electrodomésticos viejos. Antonio -el dueño- nos contó en su día que había ido a la costa a comprarlos porque le avisaron de que llegaría un buque procedente de la India repleto de antiguayas inglesas. Salimos abrazados -el Gordo y yo- y yo no pude evitar sondear el bar a ver si me encontraba a Claudia. Estaba con Isaac. No se que se estarían diciendo  pero reían. Nuestras miradas coincidieron y yo le hice un gesto con la mano. Ella asintió y me señaló como que nos seguían.
     El Aveniu estaba cerrado, pero Antonio estaba dentro borracho. Cuando nos vio se le alegró la cara: era como si nos estuviera esperando. Nos abrió y nos dimos un gran abrazo. Estaba muy borracho. Nos dijo que esperaramos y fue a coger una servilleta que estaba en la barra junto a un bolígrafo. Se acercó de nuevo levanto la mano con el indice hacia el techo y dijo (solemne): "VENDRÁN MÁS AÑOS MALOS Y NOS HARÁN MÁS CIEGOS, jajajajajajaja. Es buena, ¿eh? El Johnny es toda una santidad.jajaja." El Gordo y yo nos miramos sin entenderlo muy bien pero también nos reimos. Pronto llegaron todos y comenzamos la fiesta de nuevo. Antonio pincho un disco de grandes éxitos de Motown. La gente iba disparada. Algunos empezaron a chutarse, cogían las cucharillas del café y se iban al servicio; luego salían con la cara pálida y con la sonrisa de idiotas. Miraban las fotos y las acariciaban. Corrían las caras largas, como de orgasmo. El Gordo, Antonio y yo nos servimos unas copas y descolgamos una de las fotos. El Gordo saco un gramo y lo depositó sobre el cristal. Aún nos queda noche decíamos. Claudia bailaba con Isaac. Demasiado juntos. Otros estaban sentados en una mesa comiendo jamón y bebiendo cerveza mientras se fumaban unos canutos. Todo el mundo estaba en su rollo. Más tarde me enteraría de que también alguno se dedicó esa noche a espolvorear éxtasis en las bebidas de todos. Ahora me lo explico todo. Una pareja de chicas que estaban en la parte del fondo empezaron a besarse y se montó un poco de barullo. Luego apareció un chico rubio por detrás. Le agarró los pechos a la morena y empezaron a besarse los tres. Él descendió, le levanto la falda a la pelirroja y empezó a lamerle el muslo mientras cogía con las manos una nalga de cada una. Hacía mucho calor. Todos, los más tímidos los últimos, se quitaron la camiseta. Era como una fiesta cerca de un río en el mes de Julio. La música sonaba furiosa. La sangre hervía. Todos estábamos pasados. Bailábamos pero era extraño. Cuerpos sudorosos, deprimidos, buscando ese cariño que la noche nunca nos brindó. Todos con todos y todos contra todos. Humo. Alcohol. Vísceras. Era la escenografía de algún poema de Bukowski. El Gordo me miró. Nos abrazamos y él empezó a besarme el cuello. Antonio lo observaba con los ojos entrecerrados y empezó a tocarse. Yo me dejé llevar por las sensaciones y metí la mano dentro de los pantalones del Gordo. La tenía tiesa. El me desabrochó y empezó a meneármela. Se puso de rodillas y se la metió en la boca. Nunca supuse que pudiera ser una sensación tan placentera en una boca tan distinta. Tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. AHHH!!! Zas. En ese instante una idea pasó fulminante como un rayo por mi cabeza. ¿Dónde está Claudia? Abrí los ojos mientras el Gordo seguía y giré el cuello. Todos estaban desparramados. Unos lo hacía en la mesa de la esquina. Otros agitaban las puertas del único servicio. Allí, allí está. Allí estaba Claudia. El bar gemía. Claudia con el vestido por la cintura y sin bragas. Isaac desgarraba sus medias y le lamía desde el tobillo en ascenso. Ví el gesto de placer de la cara de Claudia. La música se confundía con los gritos. Isaac se desabrochaba los pantalones y empezó a penetrarla. Me dolió como si me los estuviesen haciendo a mí miso. Claudia disfrutaba y lo miraba como si fuera el único humano sobre la Tierra.  Me dolía el pecho. Me empezó otra vez a temblar la pierna. Como cuando bailábamos pero esta vez si me estaba dando un ataque. Empujé al Gordo que cayó de espaldas al suelo. Me metí en la barra, abrí la caja y cogí unas monedas. Apagué la minicadena. Me dirigí hacia la juke-box que había en la primera estancia, inserté las monedas y seleccioné Wish you where here. Me seguía temblando la pierna. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos pero yo no estaba ciego. Casi no podía andar. Me acerqué a Claudia con el pecho casi que me estallaba y le pregunté: ¿Bailas?
Ricardo Cólera. "Aún es abril, dulce Otoño."

Fix me up, baby!

Para Claudia,
la desgracia no está hecha para las mujeres bellas.

     Mejor llorar que sentirse desterrado de uno mismo. Eso decía el dueño del Arena Club cuando tomábamos la última cerveza antes de amanecer. Lo recordaba ahora que me sentía desterrado y no podía llorar. Eran tiempos felices aquellos. No teníamos un duro pero éramos felices. Nos veíamos siempre en el Alcaraván para tomar un café y luego bajábamos al río a fumar un canuto y tocar la guitarra. Claudia siempre estaba preciosa. No era mi tipo de chica pero siempre tuvo algo que me conquistó. Desde el principio, desde el primer día que la  vi en un garito que barruntaban poetas y cantantes de ciudad. Ella bajaba con su gato que la seguía a todas parte como si fuese un perro. Todos en el barrio conocían a Cohen por lo peculiar de su actitud. Bajábamos al río y siempre nos encontrábamos a alguien: gente bañándose, parejas buscando el equilibrio en una barca de las que alquilaban por cinco euros mientras intentaban meterse mano y todos los que -como nosotros- eran felices en esos tiempos. Me acuerdo de la tarde que bajamos con la guitarra después de desayunar a las tres de la tarde. El sol apretaba hasta el punto de que había que quitarse la camiseta y aún así parecía que te ibas a derretir y desaparecer por el alcantarillado -hubiera sido divertido-. Bajamos y aún no habían talado los árboles que estaban en la ribera del río donde ahora han construido un chiringuito perroflautero que se llama el Chiringou. Nos sentamos a la sombra y el Gordo empezó a liarse el canuto. Claudia llevaba un camisón blanco que no le llegaba a las rodillas con una botas de cuero hechas a mano -según nos contó ella- por un amigo suyo de Nueva Guinea. Eran bonitas. Aunque a ella todo le quedaba bien. Tenía el pelo largo y los ojos soñadores, como los de la gente que se pasa todo el día en la cama. Pero ella era despierta y yo creo que nos gustaba a todos. Ese día había venido un amigo del Gordo. Era de San Sebastián y parecía un tipo interesante. Vestía bermudas color caqui y uno mocasines preciosos que nadie se atrevería a llevar. Estuvimos toda la tarde riendo y jugando con Cohen que correteaba de un lado a otro, feliz, libre, ensimismado por todo lo que calla o esconde la naturaleza. El Gordo dijo que Alaon sabía tocar la guitarra, que nos tocáramos unos temas. Yo quería seguir mirando a Claudia. Cuando los rayos del sol encontraban la manera de atravesar el ramaje y la iluminaban se le transparentaba la piel entera. Era un cuerpo cubierto por un sujetador y una bragas y el camisón parecía que era el aura blanquecina que la envolvía dándole luz a su rostro y vida a su cuerpo. Comenzaron a sonar los acordes. The ballad of a thin man del insurrecto Dylan. Todos volteamos la mirada hacia Alaon. Tenía una voz preciosa. Envolvió el rio entero en la melodía. Su voz sonaba desde lo profundo de la garganta pero el diafragma era pura elegancia. Cohen vino corriendo llamando la atención de Claudia que estaba embelesada  mirando a Alaon con una sonrisa en la boca. Su sangre bullía y se le erizaba la piel. El Gordo daba grandes caladas al canuto y miraba las copas de los árboles, los pajarillos  estaban en celo y jugueteaban unos con otros, piando como al compás de la melodía. Yo no sabía dónde mirar. Tenía la certeza de estar ante alguien increíble y la desazón de ver como se alejaba el barco al que siempre me quise subir. Miraba a Claudia y era como verla en la distancia. Como cuando te despides de alguien que se monta en un tren y asoma la cabeza por la ventanilla y sabes que ese tren no tiene marcha atrás. El gordo me paso el porro y aspiré profundamente. Quería tragarme todo el humo del mundo. Lo acabé en dos caladas y miré a la hierba. Veía mi sombra y era como ver mi muerte. Yo quería estar por debajo de mi sombra. Mi autoestima no estaba preparada para tanta belleza. Cuando acabó la canción todos lo felicitamos menos el Gordo que ya sabía como se las gastaba el muy cabrón. Me pasó la guitarra. No sabía que tocar. Mmmmmm. No se me ocurre nada. Piensa Ricardo. Todo lo que me viene ahora a la cabeza es que me encantaría tener un calibre 42 entre mis manos y meterle un tiro entre ceja y ceja. Piensa Ricardo.¡Mierda!. No había manera. Estaba muy fumado y demasiado destrozado como para hacer algo decente. Hice un tonto arpegio intentando que sonara Imagine y dejé la guitarra en la funda. Todos querían volver. Todos menos yo que me quería lanzar al río con una piedra atada al tobillo y ser testigo de mi inmundicia. Pasamos por la catedral y nos despedimos. Claudia se fue a su casa y el Gordo y Alaon iban a la estación porque iban a pasar el fin de semana en San Sebastián. Yo me quedé un rato fumándome un pitillo en las escaleras de la facultad que quedaba cerca y luego me encerré en mi habitación. Mejor llorar que sentirse desterrado de uno mismo. Aquellos tiempos en que éramos tan felices a veces no lo éramos tanto.
Ricardo Cólera. Fragmento "Aún es abril, dulce otoño"


Ryan Adam - Fix it

Born into the light

     Llueve, siempre llueve. En los libros llueve. Llueve en las butacas del cine cuando una peli de los hermanos Coen te deja seco y no sabes si reir o llorar. Suena la radio en los días extraños en los que llueve detrás de la ventana y se producen interferencias y tú no sabes muy bien que hacer. Piensas que has nacido dentro de la luz y todos te maldicen deseando que hayas nacido en una época interesante y, como todos los muertos que se olvidan en un montón de perros muertos, tú callas y haces una mueca como si no fuera contigo. Tal vez veas pasar alguien por la calle desde el balcón y te entren ganas de tirarle la maceta para comprobar si sucede, si siempre sucede, lo que realmente tú tenías pensado; o te pilla la imaginación por sorpresa y te ves rebanando con un escalpelo su cabellera y haciéndole una pequeña incisión en la nuca con el ánimo de confirmar que lo que corre por sus venas es sangre, sangre coja como la de cualquiera. Son otras las tardes que, como alguna noche, salen a cazar los depredadores y te invitan a un café en el bar de moda. La gente entra con sus paraguas. Se cuelan las palomas. Duerme el camarero en su letargo y te echa el vistazo por encima pensando que no pintas nada allí. Pagas, religiosamente y te tomas el café más sabroso que nunca antes probaste. Pero el camarero es gilipollas. Dejó el instituto para comprarse una motocicleta de 49c.c. y mostrar su virtudes al mando de semejante aparato. Buscó un trabajo que le permitiera llevar el bolsillo lleno y a veces también otros apéndices. Sucede que algunas noches nieva. Las bragas son un premio. Su olor, el carburante de su autoestima. La chica habla. Habla demasiado. Pero el café está sabroso y te preguntas como puede ser, en un sitio así. Al fondo hay un escote que te hace olvidar el café y la chica que habla y el camarero. Tus padres ya se han muerto. No tienes más que un perro delgado que flaquea cada vez que lo quieres sacar a pasear. Ahora llueve fuera. No lo ves pero llueve fuera y las luces aún no se han encendido. La ansiedad te agarra el cuello. Coges el café y lo lanzas contra la chica que habla. Ahora su ruido es ensordecedor. El camarero salta la barra y se dirige hacia ti. Coges la chaqueta como si no fuera contigo. Sonríes al escote que estaba en el rincón y recibes una mueca de asco que te dolerá cuando seas consciente pero que te gusta en el instante. Sales a la calle. Llueve. Las luces no encienden y ya debieran. El sol se pone en el horizonte que tu no puedes ver. Has nacido en la luz.
Ricardo Cólera. Fragmento "Aún es abril, dulce otoño"

Ryan Adams - Born into the light

The ticket machine

Dada la incertidumbre que perfila cada paso, dados todos los problemas viscerales que hacen vomitar todo lo insano que uno lleva dentro, de vez en cuando uno necesita lavarse el rostro y dejar de mirarse en el espejo. Te asomas a la ventana y ves el vacío cuando miras hacia abajo; un gato gordo cuando miras al tejado que tienes encima, enciendes un cigarrillo y te preguntas todo aquello que sabes que nunca te contestarás. De ese estado nace la sucesión a "aquí no quedan calles...". The ticket machine es el mismo proyecto, con diferente nombre y -espero- con una esperanza nueva

Sociedad Psicogeográfica - Faustino Harto, enemigo de la luz

Tanta belleza...

Para Borja Aguiló, porque existe.

Fueron necesarias algunas fotos
y muchos besos
para pasar factura del deicidio.
Aún nos queda Dublín
-decían-
pero sólo encontramos pantalones
raídos por los años como pretexto;
y ahora
que los viejos que estaban
ya se han ido
hace frío en la cama.
Los libros
siguen guardando luto en el estante
y serán otros
los quintos pisos donde enamorarse,
otros los ojos,
otras las manos
y otra la incertidumbre
a cada paso.
Cerrarán los quioscos algún verano
y acabarán ahogados los grajos
urdiendo otro otoño,
silbando una entrepierna de cuando en cuando.
Yo seguiré
-aquí sentado-
mirando  tardes que amenazan malo
destruyendo la virginidad de algún cuaderno;
mi autoestima,
no estaba preparada
para tanta belleza.

Ricardo Cólera.


Nacho Vegas - Dry Martini S.A.

Mamá, quiero ser artista

La literatura es un lujo,
la ficción una necesidad;
hagamos nuestras ficciones.
                 Chesterton.                                                 Para Sofía, por que no siga bailando las calmadas.
Para Vïctor, por ser tan buen padre.
Para Ben, por domar golondrinos.
Para Andrés Catalán, por su longevo proceso en un palacio de cristal
Para Borja, por ama¿n?sar las fieras.
Para el pequeño cronopio, porque rezo a la virgencita
para que a su pluma nunca le falte tinta.

Así comienzan los cuentos,
como tus ojos
-abiertos-
y se deslizan por tu falda 
buscando algún secreto.
Así comienzan,
con el silencio de la ciudad vacía
o el ruido de las cloacas
y ascienden por el empedrado
de una casa destruida;
se acomodan entre los muebles
-miserables- sus palabras
                         y permanecen
                                    -ahí-
                                    inmóviles,
                                    esperando su tiempo
                                                    y su gracia.
Así permanecen,
despistando en otros ojos tu mirada
como el que no tiene nada que decir
y nunca calla.
              Así,
                  sujetos al talento natural
                                        de su paciencia,
acariciando el suave cambio
que les proporciona la mímesis,
durmiendo la noche entres sus restos.
              Así,
              así terminan
              -los cuentos-
              como la luz de un sueño
              que nunca sabes si está encendida.
Ricardo Cólera

Unhombreperrito

Yo era un hombre tranquilo
de esos que van al super el domingo por la tarde,
un hombre como los de antes
que llevaba sombrero
y guardaba la pajarita en el bolsillo.
Coleccionaba fotos de albumes de otra gente
y caminaba por el carril bici
porque tenía miedo a los perros.
Compraba pan en el bar de la esquina
y meaba en los desagües para no ensuciar,
bajaba las escaleras de remanso en remanso,
miraba las suelas de los zapatos
a los caballeros de pluma fina
y soltaba una sonrisa
cada vez que oía -fugaz-
el canto de una sirena.
Yo era un hombre
de esos de tarde en tarde
que sacaba a pasear su bicicleta
con un libro entre las ruedas.
Yo
era 
un 
hombre;
Desde que te conozco
soy 
un 
perrito
faldero.

Asir Acinic

Gonzalo Escarpa - I'm not the girl

Dvadid Geveu

Ya
nada 
ahora 
es para siempre.
M. Ledetesto.

Revista "Literatura en Granada" (1898-1998)

El arte no consiste en tener buenas ideas,
sino en llevarlas a caba de un modo convincente.
L.G.Montero.

cuando no sea el dolor
sino la dicha
de mirarse dos rostros
dulcemente
y no haya cordilleras de cemento
sino la paz menuda de la higuera,
cuando no tengamos que inventar esquinas
donde los besos crezcan,
cuando no pague impuestos ningún sueño
ni haya séptimos pisos para amarse...
entonces,
cuando el amor tan sólo,
será todo más fácil.
J.S.

Ray Lamontagne - Trouble